Otra noche más resurge después del ocaso. Otra vez miradas al cielo en busca de un faro que guíe a las luciérnagas allí donde deban ir. Otra vez más, no hay luz, no hay estrellas, no hay luna. Solo se puede observar un manto oscuro que cubre los destellos del sol. Un manto oscuro que tapa todo aquello por lo que miramos al horizonte. Un manto negro que nos ha quitado la posibilidad de mirar el infinito, desde lo finito. Llueve, nieva, graniza. La única herencia que nos deja tal enclaustramiento. La mirada, cansada, ya no se pierde en el horizonte para ver como el día termina, y tan solo los reflejos del mismo se apoderan de una relativa oscuridad. Ya no mira, solo recuerda. Añora noches tumbadas al son de las estrellas, sonrisas regaladas al son de la luna, recuerdos que llenan el alma y la luna. Solo recuerda. Pero llegará un día, no muy lejano, en el que los ojos cansados retornarán su vista al horizonte. Volverá a sentir el frío de la piedra mientras observa la calidez de las estrellas. Volverá a tumbarse en un finito con miras al infinito. Volverá a sonreír a la luna, pero sobre todo volverá a sonreirle a ella.
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